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JESÚS "EL MAESTRO"

Excursus histórico-carismático

Actas del Seminario internacional sobre
"Jesús, el Maestro"
(Ariccia, 14-24 de octubre de 1996)

por Eliseo Sgarbossa ssp

 

I. SITUACIÓN DE PARTIDA: LA "GRAN TURBACIÓN"

En la primera relación sobre el Instituto presentada a la Santa Sede para su aprobación, el P. Santiago Alberione explicaba Cómo surgió la idea de la Pía Sociedad de San Pablo, partiendo de las siguientes circunstancias: "En los años 1902-1904 se vio claramente qué pésimas doctrinas esparcían en la sociedad y en las almas muchos escritores y propagandistas del socialismo y del modernismo. De aquí el deseo de oponerse a esta propagación de errores".(1) Subrayo las palabras "pésimas doctrinas" y "propagación de errores", y hago notar que estas mismas palabras fueron recogidas textualmente al principio de los primeros "apuntes históricos" sobre la Familia Paulina, escritos para los Cooperadores paulinos a partir de febrero de 1923.(2) Ellas nos remiten a aquella situación de partida, una especie de escenario oscuro sobre el cual debía perfilarse la luminosa figura del Divino Maestro. (sumario)

1. Las "pésimas doctrinas" y los malos maestros

Los años 1902-1904 estuvieron marcados por el traspaso de pontificado de León XIII a san Pío X, y registraron para el clérigo Alberione algunas experiencias determinantes,(3) que agudizaron su toma de conciencia de la oposición frontal entre la cultura atea, o disidente, y la cristiana.

La última encíclica del papa León XIII había sido una denuncia de la lucha antieclesial por parte de la Masonería,(4) y su último acto oficial, la institución de la Pontificia Comisión Bíblica, en respuesta a las tesis del Modernismo.(5) El pontificado de Pío X, desde su comienzo (4 agosto 1903), se señalaba por una drástica toma de posición contra doctrinas y movimientos que amenazaran la integridad de la ortodoxia católica.(6)

Pero, más que los actos oficiales, algunas Cartas pastorales del episcopado nos ayudan a comprender quiénes eran los "malos maestros" y las "pésimas doctrinas" del momento. Dos ejemplos entre todos: las cartas del obispo de Alba, monseñor Francisco Re, y las del cardenal de Venecia, José Sarto, el futuro Pío X. De uno y otro hemos examinado los textos referentes a la situación del clero, y con sorpresa hemos descubierto que la principal preocupación era la de despertar del "sueño" a sus sacerdotes, poniéndolos en guardia contra las insidias a menudo inadvertidas de la cultura laicista y modernista del momento.(7)

¿Quiénes eran en realidad "los malvados y los seductores" a que aludía el obispo de Alba y contra los cuales ponía en guardia a sus clérigos? El P. Alberione los identificaba en los "muchos escritores y propagandistas del socialismo y del modernismo".(8) Más tarde dará sus nombres y ampliará el abanico, hablando de liberalismo, masonería y americanismo (cfr AD 49).

El liberalismo estaba representado entonces en Italia por teóricos y hombres políticos ligados al "Risorgimento" y a las luchas por la unidad nacional, defensores de una visión laica de la política (ya fuera republicana o monárquica) y contrarios a cualquier forma de poder temporal de la Iglesia.(9) El ala radical del liberalismo estaba constituida por movimientos y sociedades secretas ligadas a la masonería militante; la cual, después de haber impulsado la ocupación del Estado Pontificio por parte del ejército piamontés y la anexión de todos los bienes eclesiásticos al Estado, se oponía a la política de la Santa Sede incluso en el plano de los pronunciamientos de principio.(10)

Mientras las teorías liberales eran compartidas también por miembros del laicado católico y del clero, la oposición masónica era vituperada por la virulencia de sus ataques a las instituciones y por la pésima reputación de algunos representantes suyos, como Miguel Coppino di Alba, ministro de Instrucción Pública, fautor de leyes inicuas contra la escuela católica.(11)

En el lado opuesto estaban los socialistas, no menos sectarios y agresivos.(12) Las obras de los teóricos del socialismo —utópicos, anarquistas, marxistas— ya circulaban ampliamente en las escuelas.(13) Pero la palestra de lucha, de la cual procedían los ataques más agresivos contra la Iglesia, era la prensa periódica:(14) invectivas anticlericales y expresiones blasfemas se alternaban en ella con llamamientos y propuestas para una visión nueva, laica y marxista, de la sociedad.

Desde las páginas de apéndice literario daban clases narradores, dramaturgos y poetas de las escuelas libertina, naturalista o "inmoral", socialmente comprometidos o bohemien, pero igualmente desacralizadores de los valores religiosos y familiares, cuyos escritos documentaban la degradación moral que reinaba en los respectivos ambientes y, más en general, en la cultura laicista del tiempo.(15)

En este clima no ha de sorprender que el recién elegido papa Pío X comenzase su pontificado con una visión nada optimista de su función pastoral. Es sintomática su visión de la Iglesia como "barco de guerra" en un mar sacudido por vientos furiosos, anunciadores del primer conflicto mundial.(16) - (sumario)

2. El drama de los "nuevos maestros"

Los propagandistas del socialismo y del liberalismo masónico eran adversarios declarados y fácilmente reconocibles: atacaban a la Iglesia desde el exterior. Pero ¿qué decir cuando la lucha se desataba dentro de la barca de Pedro, cuando parece que algunos oficiales se amotinaron contra el Capitán? Fue éste el caso, realmente trágico, de la crisis "modernista", que estalló entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, por una serie de equívocos que provocaron fallos y tragedias personales por encima de cualquier previsión.(17)

Hoy, a un siglo de distancia, podemos juzgar con suficiente objetividad aquella veintena, de 1890 a 1910, como un período cargado de fermentos y de promesas, particularmente para los intelectuales católicos y el clero joven. Pero entonces las perspectivas no eran tan claras, contraponiendo a la vieja la nueva generación, impaciente por aventurarse en los nuevos caminos abiertos por la ciencia moderna: o en la confrontación con la teología alemana crítico-liberal,(18) o en las investigaciones históricas y arqueológicas,(19) o en los estudios bíblicos;(20) o entregándose a la acción social y política, animados por las nuevas experiencias del catolicismo alemán y americano.(21) Por fin nuevas ciencias, como la psicología positiva y la sociología científica,(22) proporcionaban al clero nuevos instrumentos para la renovación de la formación seminarística y de la acción pastoral.

Este fervor investigador no carecía de riesgos. En efecto, si estudiosos de gran experiencia y cordura, como el ex profesor de Oxford John H. Newman y más recientemente el historiador Duchesne, habían sabido abrir con prudencia la puerta a la entrada de la crítica histórica en el estudio de la tradición católica, otros, como el ex calvinista George Tyrrell, convertido en ferviente jesuita, estaban menos imbuidos de sentido pastoral y de cultura teológica, para no adentrarse por vías discutibles. Y otros, por fin, como los brillantes profesores Loisy, Hebert, Turmel y Houtin, responsables de cátedras prestigiosas en diversos campos de la enseñanza eclesiástica, suscitaron perplejidad tanto sobre el mérito como sobre el modo de sus exposiciones, hechas con excesiva seguridad o con "sonrisa volteriana", como se dijo de alguno.(23)

A la muerte de León XIII (1903) el clima no era, pues, sereno. Las desviaciones de sacerdotes positivistas, como Renan y Ardigò, habían alarmado ya a algunos episcopados. En 1888 las polémicas entre teólogos escolásticos e "innovadores" se habían resuelto con la condena de cuarenta proposiciones de Rosmini y el retiro de una obrita suya profética.(24) Las luchas sociales de inspiración marxista habían hecho sospechosa incluso la idea de "democracia", que a pesar de todo daba frutos positivos en la vida política, pero que se solicitaba también para la estructura de la Iglesia. De aquí la condena del americanismo, otro elemento de crisis recordado por el P. Alberione (cfr AD 49).(25)

En la Europa occidental los fermentos renovadores pulularon especialmente en ocasión del Año Santo de 1900, cuando muchos jóvenes sacerdotes y laicos decidieron pasar a la acción, tanto en el plano religioso como en el civil y político. Se delinearon alistamientos entre moderados (reformadores) y radicales ("evangélicos" o "franciscanos") y, en política, entre católico-liberales y filo-socialistas. Alistamientos no siempre definidos, muy abigarrados, que salieron a la luz, a menudo artificialmente esquematizados, tras las tomas de posición de la Santa Sede, que culminaron con la encíclica Pascendi y la condena de lo que vino a llamarse desde entonces "modernismo".(26)

En Italia, eméritos profesores de facultades pontificias, como monseñor Duchesne y el padre Genocchi, o jóvenes sacerdotes como Rómulo Murri, y laicos de gran envergadura moral como von Hügel, Fogazzaro, Gallarati Scotti y Giacomelli-Rosmini, se encontraron implicados en una controversia teológico-disciplinar cuya gravedad no veían, llegando a sorprenderse de ser calificados de "modernistas".(27)

Cuáles fueran con precisión las ideas dominantes, cuáles creativas y cuáles "heterodoxas" del movimiento renovador, no era fácil establecerlo entonces, entre otras cosas porque no todos los autores se reconocieron en el cuadro del modernismo descrito por los documentos de condena. En efecto, no se trataba de un "sistema" unitario, como fue presentado por los redactores antimodernistas, entre ellos el autorizado P. Enrico Rosa sj, director de la Civiltà Cattolica.(28) Tampoco podía decirse que el modernismo en bloque fuera "heterodoxo", como ha sido calificado incluso por conocidas personalidades de la cultura católica.(29)

Entre los mismos protagonistas del movimiento había posiciones diametralmente opuestas, tanto en cuestión de principios como de actitudes prácticas, yendo desde la más indiscutida fidelidad doctrinal y disciplinar hasta crisis de rebelión y de drástico rechazo.(30) Un conocido antimodernista, monseñor Benigni, habló de las "dos almas del modernismo" como de un dato pacífico y evidente: el alma teórica (el historicismo bíblico-exegético) y el alma práctica (la política demócrata-cristiana), ambas condenables a su parecer por haber nacido de una sola raíz: el rechazo del pasado y la simpatía por lo nuevo simplemente por ser tal. Así llegaron a definirse el "modernismo filosófico-histórico" y "el modernismo político".(31)

La condena indiscriminada de los modernistas, sin las debidas distinciones entre ortodoxos y heterodoxos (entre moderados y radicales), determinó una doble reacción: por una parte, una huida de las avanzadillas de la investigación y de la acción; por la otra, una radicalización del rechazo hasta la ruptura total con la Iglesia. Fue éste el caso de Ernesto Buonaiuti y del grupo radical romano.(32) Y todo esto con un innegable empobrecimiento de la cultura católica en Italia; la cual durante algunos decenios fue "rica sobre todo en personalidades inexpresadas", a causa de las difíciles condiciones en que hubieron de actuar.(33)

Pero éstos son juicios actuales. ¿Cuál fue la actitud adoptada por el joven Alberione ante el movimiento modernista? A la luz de cuanto diremos más adelante, y por explícito testimonio suyo, la respuesta es unívoca: el seminarista Alberione estuvo en perfecta sintonía con el Papa, con su Obispo y con la posición oficial del episcopado piamontés, de la que monseñor Francisco Re fue portavoz.(34) Fueron la obediencia y la fe indiscutible de un joven "convertido" las que lo situaron por encima de cualquier disputa, y lo indujeron a un decidido asentimiento mental, aunque su corazón estaba con todos los honrados partidarios de la renovación.(35)

Se ha dicho que en toda la disputa del modernismo "la gran ausente fue la fe".(36) Santiago Alberione dio a aquel drama una aportación personal positiva, consistente en una fe sin reservas,(37) en una renovada fidelidad al Romano Pontífice (cfr AD 56), en una pasión por los estudios históricos (cfr AD 66), en la revalorización del tomismo auténtico (cfr AD 89-90) y en la actuación efectiva de las instancias más sentidas en el ámbito pastoral.

Esto no impide que también él sufriera profundamente aquella crisis eclesial. En sus recuerdos maduros el P. Alberione la resumía con brevedad: "De 1895 a 1915 hubo muchas desviaciones en materia social, teológica y ascética, capaces de sacudir las bases de cualquier verdad y de la Iglesia; ¡y hasta de intentar destruirla!" Y como "ejemplo impresionante" citaba el caso de Antonio Fogazzaro, intérprete católico del modernismo, con la novela Il Santo (cfr AD 89).(38) Muchas fueron las nefastas consecuencias de aquellas desviaciones: la división del clero en corrientes contrapuestas frente al "avance del socialismo" y al "juego de la masonería dominante"; el foresterismo cultural y moral; la "gran turbación y desorientación" de los espíritus,(39) la conflictividad social y política, el uso sectario de los nuevos medios de información y de la escuela.(40) - (sumario)

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