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Gozosa doy mi testimonio, al acercarse el espléndido acontecimiento de la
beatificación del Padre Alberione.
Mi
experiencia es común a la de muchos que pasan de un conocimiento superficial
del padre Santiago Alberione a una experiencia profunda de este pequeño y gran
santo de 2003.
Antes de
iniciar el iter de formación entre las Pías Discípulas del Divino
Maestro, en el ya lejano 1980, había leído la biografía de él y las obras,
pero le consideraba un personaje distante, "un santo de papel" y no sabía qué
relación podía existir entre el fundador y la misma congregación y mucho menos
entre tantos Institutos al mismo tiempo.
Ingresando
en el convento, las hermanas nos educaban a escuchar un día a la semana en el
tiempo de la mediación, la grabación de una homilía suya, entre las tantas que
había dirigido a las Discípulas del Divino Maestro, desde los tiempos de la
fundación.
Fue al
escuchar la viva voz del padre Santiago Alberione, y sentir todo el fuego, el
fervor de la intensidad de sus expresiones, que comencé a encariñarme a este
extraordinario personaje de cuya imagen estaban como tapizadas las paredes de
la casa. Las hermanas que lo han conocido, lo recuerdan como un hombre de Dios,
un profeta cuya palabra decidida y firme infundía seguridad y paz, disipaba
toda duda. Y esto en las opciones pequeñas y grandes de la vida, también en
las decisiones prácticas de apostolado: él prestaba toda su atención a todo.
Hacía sentir a Dios presente en su ser y en su actuar, el Señor se
transparentaba desde su pequeña persona. ¡Cuántos testimonios!
Yo que no
tuve la suerte de conocerlo y he escuchado sólo las resonancias, puedo
confirmar que él sigue vivo a través de sus obras pero más a través de las
personas que lo siguieron en la maravillosa aventura de anunciar al Señor como
Pablo al mayor número de naciones, haciéndose todo a todos, sosteniendo y
soportando las persecuciones para ganar a toda costa a la mayor parte de
personas para Cristo. Transmitió a sus hijos su misma ansia apostólica con
todos los medios, con su empeño apostólico, con su infatigable oración. Y es
precisamente este último aspecto paulino lo que me ha convencido de la validez
y bondad de la obra del padre Alberione.
No hay obra
sincera que dé fruto si no es la que deriva del Señor, de la confrontación
con su Palabra, para cumplir su voluntad, siempre por obra de su gracia y de
la acción de su Espíritu. Lo que fue decisivo para mí, en la decisión de
entrar en esta aventura de la Familia Paulina como Discípula del Divino
Maestro, fue el gozo y la belleza con que las Pías Discípulas celebraban al
Señor, centro de la vida y de la historia, Maestro único de la verdad, único
Mediador para la comunión beatificante con el Padre. Capté todo esto en la
entrega alegre gozosa de su vida, de sus cantos bien realizados, en las
liturgias cuidadas, como verdadera anticipación de la liturgia celestial,
única realidad de veras necesaria.
Mi
aspiración era alta: es decir, yo quería llegar a todos los hombres del mundo
con el anuncio de la buena noticia de salvación en Cristo, pero al mismo
tiempo constataba que mis limitaciones, mi necesaria contingencia, mi
impotencia no podían llegar a alcanzar semejante aspiración sin límites. Pero
precisamente allí, en aquella liturgia celebrada, yo experimentaba la
desaparición de los límites, casi la anticipación de la visión del gozo sin
fin al que está llamado todo hombre; intuía el poder de la oración, comprendía
que ésta puede ir más allá de nuestros límites.
Sí, he
creído en el poder de la alabanza, de la intercesión, de la acción de gracias
en Cristo en la Iglesia al Padre. La constatación de mi pobreza no me llevó a
replegarme ni a una opción de comodidad, sino a la solución más excelente que
se traduce en verdadero apostolado de reparación, especialmente por los daños
que se le infligen al hombre a través de los medios de la comunicación social,
con la oración y la entrega de la vida. Cualquier ocupación de la Pía
Discípula: redactora de una revista, arquitecto, escultora, pintora, cocinera,
administradora ... ella lleva en sí misma esta ansia apostólica, propia de san
Pablo y que por medio de Alberione si concretó en nuestro tiempo con el empeño
de toda la Familia Paulina: llegar con todos los medios al corazón del hombre
anunciándole la buena noticia.
Sólo esta
actitud interior, absolutamente gratuita, puede dar vida a muchas iniciativas
de bien en la Iglesia, puede infundir valor en las opciones fundamentales de
la vida. Aquí se encuentra la eficacia de sus obras, que pueden parece
absolutamente comunes y a veces incluso simples.
La vida de
la Discípula del Divino Maestro es una invitación a todos los bautizados en
Cristo a que se empeñen con el propio testimonio de vida para difundir y
manifestar en lo cotidiano el amor, la alegría, la paz, la benevolencia, la
paciencia, la multiforme riqueza y belleza del amor del Padre.
(febrero de
2003)
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