Tuve
la suerte de conocer al Primer Maestro de cerca especialmente en los años
1965-67 en la Casa "Divino Maestro" de Ariccia .Con frecuencia el
Primer Maestro venía de vez en cuando para retirarse algunos días en
oración y retiro espiritual. Recuerdo que en aquellos períodos lo veía de
rodillas en oración en nuestra capilla, para permanecer en mayor recogimiento.
Iniciaba la
jornada ordinariamente a las 4.30 con la celebración de la S. Misa,
prolongando su oración en general hasta las 8 sin interrupción: ¡tenía
tantas cosas que decirle al Divino Maestro!
Me quedó
especialmente grabado con edificación y admiración la manera y devoción
como celebraba el Primer Maestro la S. Misa: parecía transformado y
sobrenaturalizado del todo, invadido por el gran misterio que celebraba con la
Misa. Hacía las genuflexiones, que entonces eran frecuentes, doblando la
rodilla hasta el suelo, a pesar de la delicada salud y de los dolores
precisamente a las piernas, que se puede decir le afligían continuamente.
Realmente he
visto en el Primer Maestro al hombre de Dios que supo creer heroicamente,
trabajar y sufrir por la realización de su gran obra. A pesar de sus muchas
preocupaciones, recuerdo que se interesaba por nuestra pequeña comunidad;
como Padre bueno, sabía a su debido tiempo y lugar, ayudar con comprensión y
dulzura, y también con fortaleza cuando el caso lo requería.
Un detalle me
hizo reflexionar sobre cuánto desease el Primer Maestro que las Discípulas
del Divino Maestro viviesen en recogimiento y silencio. Durante un curso de
ejercicios espirituales llamaron para prestarle servicio como enfermera a un
Sacerdote. Al verme cruzar para ir adónde me llamaban, el Primer Maestro, me
preguntó dónde iba y qué iba a hacer. Recibidas las explicaciones, me dejó
proseguir para realizar aquel deber, que correspondía a una verdadera
necesidad.
Se mostraba
descontento e incluso apenado cuando alguna hermana era ruidosa e iba
saludarlo con excesiva vivacidad.
Les exigía
recogimiento y silencio a las Pías Discípulas y él era el primero en
practicarlo.
A una hermana que
se mostraba incapaz de hacer silencio en los tiempos y lugares, el dijo un
día: "Tú no puedes permanecer en esta casa".
En los últimos
años de su enfermedad, yo también como enfermera, tuve posibilidad de estar
más cerca de nuestro Fundador: constaté cuánto apreciase el don del
sufrimiento como verdadero y real apostolado. Repetía con frecuencia: "reparación,
reparación". Él sentía este empeño y nos lo quería transfundir a
nosotras.
Alguna vez me
tocó la suerte de sustituir a la enfermera en la asistencia al Primer
Maestro. He podido constatar su constante su unión con Dios y la oración
casi continua.
Varias veces tuve
también la gracia de rezar el Rosario con el Primer Maestro: recuerdo con
qué esfuerzo seguía cada Misterio: y si le sucedía que se equivocaba,
volvía atrás y reanudaba desde el punto exacto.
Una vez cuando el
Primer Maestro ya estaba mal y era necesario velarlo por la noche, me ofrecí
para sustituir a Sor M. Giuditta que en aquel período no estaba tampoco bien.
Por la tarde, cuando me vio sentada junto a la cama y estaba presente Sor M.
Giuditta mientras me pasaba las consignas, el Primer Maestro el dijo: "¿Qué
hace aquí esta Hermana? Dile que vaya a casa a trabajar". Él, siempre
tan activo y riguroso en el empleo de todo momento, se disgustaba cuando veía
a su alrededor más personal del necesario. Lo consideraba pérdida de tiempo.
Varias veces rechazaba la presencia de otras enfermeras sobre todo al comienzo
de su enfermedad: prefería que estuviese Sor M. Giuditta sola ya acostumbrada
a este servicio. Era comprensible: yo me sentía incapaz de usar todas las
delicadezas e intuiciones que tenía Sor Giuditta y yo sufría por esto.
Mientras estaba
en casa Sor M. Giuditta, me daba mucha seguridad; cuando faltaba, siempre
tenía temor que sucediese algo grave. Pero el Señor, que es bueno en su gran
misericordia, guardó a Sor Giuditta mientras la necesitó el Primer Maestro.
Pudo además atender a retirar las cosas que usaba el Primer Maestro, escribir
alguna memoria, grabar su voz en la grabadora, y lloraba emocionada no se sabe
si de dolor o de alegría. Su deseo ya era sólo el de seguir en el Cielo al
Primer Maestro que había amado, servido, obedecido hasta el final.
He tenido también la gracia de
seguir a Sor M. Giuditta y de ayudarla en su enfermedad: estuve cerca de ella
y pasé junto a ella una de las últimas noches: ¡cuánta ansia! ¡Todos en
suspenso aguardando el gran momento en el que la hija predilecta iría a
unirse con el Padre y nos dejaría para esperarnos en el Cielo!