Testimonios  
 

Testimonio de Sor M. Luigia Alessiato
(Nació en Savigliano [CN] el 21 de noviembre de 1934, profesa de votos perpetuos en 1965).
 

Tuve la suerte de conocer al Primer Maestro de cerca especialmente en los años 1965-67 en la Casa "Divino Maestro" de Ariccia .Con frecuencia el Primer Maestro venía de vez en cuando para retirarse algunos días en oración y retiro espiritual. Recuerdo que en aquellos períodos lo veía de rodillas en oración en nuestra capilla, para permanecer en mayor recogimiento.

Iniciaba la jornada ordinariamente a las 4.30 con la celebración de la S. Misa, prolongando su oración en general hasta las 8 sin interrupción: ¡tenía tantas cosas que decirle al Divino Maestro!

Me quedó especialmente grabado con edificación y admiración la manera y devoción como celebraba el Primer Maestro la S. Misa: parecía transformado y sobrenaturalizado del todo, invadido por el gran misterio que celebraba con la Misa. Hacía las genuflexiones, que entonces eran frecuentes, doblando la rodilla hasta el suelo, a pesar de la delicada salud y de los dolores precisamente a las piernas, que se puede decir le afligían continuamente.

Realmente he visto en el Primer Maestro al hombre de Dios que supo creer heroicamente, trabajar y sufrir por la realización de su gran obra. A pesar de sus muchas preocupaciones, recuerdo que se interesaba por nuestra pequeña comunidad; como Padre bueno, sabía a su debido tiempo y lugar, ayudar con comprensión y dulzura, y también con fortaleza cuando el caso lo requería.

Un detalle me hizo reflexionar sobre cuánto desease el Primer Maestro que las Discípulas del Divino Maestro viviesen en recogimiento y silencio. Durante un curso de ejercicios espirituales llamaron para prestarle servicio como enfermera a un Sacerdote. Al verme cruzar para ir adónde me llamaban, el Primer Maestro, me preguntó dónde iba y qué iba a hacer. Recibidas las explicaciones, me dejó proseguir para realizar aquel deber, que correspondía a una verdadera necesidad.

Se mostraba descontento e incluso apenado cuando alguna hermana era ruidosa e iba saludarlo con excesiva vivacidad.

Les exigía recogimiento y silencio a las Pías Discípulas y él era el primero en practicarlo.

A una hermana que se mostraba incapaz de hacer silencio en los tiempos y lugares, el dijo un día: "Tú no puedes permanecer en esta casa".

En los últimos años de su enfermedad, yo también como enfermera, tuve posibilidad de estar más cerca de nuestro Fundador: constaté cuánto apreciase el don del sufrimiento como verdadero y real apostolado. Repetía con frecuencia: "reparación, reparación". Él sentía este empeño y nos lo quería transfundir a nosotras.

Alguna vez me tocó la suerte de sustituir a la enfermera en la asistencia al Primer Maestro. He podido constatar su constante su unión con Dios y la oración casi continua.

Varias veces tuve también la gracia de rezar el Rosario con el Primer Maestro: recuerdo con qué esfuerzo seguía cada Misterio: y si le sucedía que se equivocaba, volvía atrás y reanudaba desde el punto exacto.

Una vez cuando el Primer Maestro ya estaba mal y era necesario velarlo por la noche, me ofrecí para sustituir a Sor M. Giuditta que en aquel período no estaba tampoco bien. Por la tarde, cuando me vio sentada junto a la cama y estaba presente Sor M. Giuditta mientras me pasaba las consignas, el Primer Maestro el dijo: "¿Qué hace aquí esta Hermana? Dile que vaya a casa a trabajar". Él, siempre tan activo y riguroso en el empleo de todo momento, se disgustaba cuando veía a su alrededor más personal del necesario. Lo consideraba pérdida de tiempo. Varias veces rechazaba la presencia de otras enfermeras sobre todo al comienzo de su enfermedad: prefería que estuviese Sor M. Giuditta sola ya acostumbrada a este servicio. Era comprensible: yo me sentía incapaz de usar todas las delicadezas e intuiciones que tenía Sor Giuditta y yo sufría por esto.

Mientras estaba en casa Sor M. Giuditta, me daba mucha seguridad; cuando faltaba, siempre tenía temor que sucediese algo grave. Pero el Señor, que es bueno en su gran misericordia, guardó a Sor Giuditta mientras la necesitó el Primer Maestro. Pudo además atender a retirar las cosas que usaba el Primer Maestro, escribir alguna memoria, grabar su voz en la grabadora, y lloraba emocionada no se sabe si de dolor o de alegría. Su deseo ya era sólo el de seguir en el Cielo al Primer Maestro que había amado, servido, obedecido hasta el final.

He tenido también la gracia de seguir a Sor M. Giuditta y de ayudarla en su enfermedad: estuve cerca de ella y pasé junto a ella una de las últimas noches: ¡cuánta ansia! ¡Todos en suspenso aguardando el gran momento en el que la hija predilecta iría a unirse con el Padre y nos dejaría para esperarnos en el Cielo!

13 de diciembre de 1972
 

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