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Queridos hermanos, queridas
hermanas. El señor Teólogo ha muerto. El Primer Maestro ha muerto. Nos ha
dejado y nos sentimos huérfanos. Pero él está feliz. Nosotros lloramos.
Debemos, como dice la Escritura, reír y llorar al mismo tiempo. Reír con la
Santa Madre Iglesia, gozosos porque finalmente nuestro padre Abraham, - él ha
sido para nosotros el gran padre de la fe, de nuestra fe; es decir, de
nuestra vocación, de nuestra función en la Iglesia y de nuestra posición en la
eternidad en el seno de Dios, - un padre y patriarca que después de haber
alcanzado los 87 años, casi 88, finalmente ha entrado en su reposo. Llorar
porque hemos quedado solos.
El nos ha dicho muchas veces, de muchas maneras: "Miren yo les he mandado
hacia adelante; ya caminan solos, pueden hacerlo".
El lo dijo a los primeros paulinos, lo dijo a los segundos, y lo dijo a los
últimos. Lo dijo a los italianos, lo dijo a los hombres de ya 27-30 países en
el mundo. "Ya pueden trabajar por ustedes mismos, hagánlo". El ha vuelto a su
paz, en el seno de Dios.
Me dijeron que contara algo sobre el Primer Maestro. [...]
Cuando en 1946 se celebró la Misa para colocar la primera piedra de esta
Iglesia, vino el Card. Salotti. Quien lo conoció sabe qué significa el Card.
Salotti: un gran orador, ídolo de la juventud católica de toda Italia. Un
verdadero Maestro de la palabra. El era secretario de la Congregación para la
Propagación de la fe. Era un gran amigo nuestro, especialmente del P.
Giaccardo y del Primer Maestro. Entonces, cuando ponían la primera piedra, el
celebrante con el pluvial encima, tuvo que esperar. Y en la espera el P.
Giaccardo me toma por un brazo y me dice: "Ven hacia adelante". Y me presentó
al Card. Salotti diciéndole: "Este es el de Tokio". "Ah, sí" respondió
agregando algunas palabras convencionales de saludo. Pero después, vino el
momento de hablar, - estábamos presente un gran número de clérigos,
sacerdotes, discípulos, hermanas, el cardenal comenzó con su oratoria y
después dijo: "Fíjense, ¿Ven a este pequeño padre? - el Primer Maestro
revestido con el alba, con la cabeza inclinada de un lado, como hacía siempre
- ¿Miren a este pequeño sacerdote? Es uno de los hombres más grande de nuestra
historia. Es quizás el hombre más grande de estos días". Todos nos contagiamos
de un profundo sentimiento de conmoción. "He aquí la gran fuerza de este
hombre que no se ve, ésta es su potente fascinación - no dije el adjetivo
"carismático" que entonces se usaba. - Es una fuerza cósmica que viene de lo
alto, que viene de Dios, por lo cual toma el corazón de los hombres, de los
jóvenes especialmente. Sí, de los jóvenes. Fíjense, proseguía, cuántas
personas, cuántos jóvenes hay a su alrededor. Les ha conquistado para
lanzarlos a las batallas por el reino de Dios, incluyendo contra el jefe del
mundo. Y basta una palabra para ser tirado en el fuego. Es el Espíritu Santo
que actúa en él. Este hombre no es más que el espíritu, porque carne casi no
tiene". Y prosiguió por algún tiempo sobre este tema. Pienso que nuestro
querido Primer Maestro, si lo queremos definir, es eso.
Hace muchos años encontré un pequeño libro en Vicenza que hablaba del grano.
En éste se decía que en el museo de Vicenza hay una copa de plata que contiene
granos los cuales salieron de un solo grano. Había producido mucho, es decir,
hizo muchas espigas y los granos que se pudían contar eran más de cinco mil.
Jesús dijo: "Si el grano de trigo que cae en tierra no muere permanece solo;
pero si muere produce muchos frutos". Produce muchos granos y genera muchos
granos. Para mí este grano de trigo que está en el museo de Vicenza es el
Primer Maestro, para usar una imagen evangélica. El ha estado siempre bajo
tierra podemos decir. Se ha metido bajo tierra. Nunca ha querido, sino
obligado, a entrar en la sociedad que lo rodea para hablar, para actuar, para
discutir, para que comprendieran sus ideas, para convencer, etc., como hacen
muchos, como hacen todos en este mundo. No, él se ha quedado encerrado, bajo
tierra. El grano de trigo debe estar bajo tierra para poder morir y germinar.
Cuántas veces he visto cómo le costaba encontrar a tantas personas de la
sociedad política y eclesiástica. Pero siempre le decía: "Se trata de una
especie particular de humildad que es suya". El no sólo no amaba la
exhibición, pero debe marchar, - marchar, ¿Cómo explicarlo? la palabra quizás
no es exacta -, debe morir cada día, sacando fuerzas de su energía vital así
como dijo el Card. Salotti es una energía que viene del Espíritu Santo. Es el
Espíritu Santo directamente que obra, a través de este grano de trigo. De
hecho, ahora nosotros somos unos cuantos miles. De aquel grano de trigo salió
nuestra vocación. Todos ustedes han sido llamados, y lo podemos decir, para
llevar en su seno y dar a luz como paulinos, como Hijas de San Pablo, como
Pías Discípulas, como miembros de la Familia Paulina. Ha sido para nosotros
más que un padre; ha sido la madre que nos ha llevado en su seno durante todo
este tiempo y al final el Señor dijo: "Ahora basta". Pero debemos agregar: he
aquí como continúa el misterio de la cruz. Los últimos años de su vida son
parecidos a aquellos del papá de santa Teresita de Lisieux. No hubo nada que
de alguna manera pusdiese ofuscar su lucidez y su conciencia. Poco a poco se
sabía limitado en la posibilidad de expresarse y los últimos años
transcurrieron en el sufrimiento. Ha sido para él, pienso, la pasión de Jesús
en el huerto, las tres horas sobre la cruz del Señor. Pero el grano, cuando
termina su vida como grano, inicia su vida en nosotros, en nuestras nueve
familias paulinas.
Nosotros lo llamábamos el señor Teólogo, porque así lo llamaban en el
seminario. Un día, en Alba, en la cripta, nos reunió y nos explicó algunas
cosas. En cierto momento dijo: "Estén pendientes: de ahora en adelante
nuestros sacerdotes los llamaremos maestros y a nuestros co-hermanos los
llamaremos discípulos". Y continuó explicando un poco su pensamiento. Yo le
respondí enseguida: "Pero entonces usted es nuestro Primer Maestro". Me miró y
dijo: "Ya, es verdad, es natural" y lo aceptó. Desde entonces se convirtió en
el Primer Maestro. De cierta manera se auto nombró. Así sucedió y estaba en la
lógica de las cosas.
Ahora quisiera decir otra cosa. El Primer Maestro, por muchísimos años, estuvo
diría obsesionado por un pensamiento grandiosísimo, que es el de la
unificación y de la síntesis de todo el saber humano en un pensamiento único
que renovase y superase la síntesis escolar de Santo Tomás de Aquino. Algunas
de las personas que están aquí saben esto.
El no logró formular como quería estas cosas, porque el Primer Maestro no es
un doctor de la Iglesia, no es un San Buenaventura, un Santo Tomás, no es un
genio de esta categoría; es otra cosa. Buscaba sin embargo a algunos de entre
nosotros para lograr un día explicar aquello que él habría querido exponer. Me
lo pidió, pero le respondí: "No puedo; diríjase a otro, porque yo no estoy
hecho para esas cosas". Sin embargo, poco a poco, este pensamiento lo he ido
trabajando en mi cabeza. El Primer Maestro tuvo la misión de presentar la
Palabra a la humanidad. ¿Qué es la Palabra? La Palabra no es una
palabra-viento que pasa, como nuestra palabra. Es la palabra de Dios. Ahora
bien, nosotros sabemos que el Padre ha expresado su Palabra a través de la
generación del Verbo, en el interior de la Trinidad. El verbo es la Palabra,
es la expresión de su mente. A través de este Verbo, en el Espíritu Santo, se
ha expresado a sí mismo como imagen fuera de sí. Y este Verbo debía
convertirse en carne. Y convirtiéndose en carne, debía reasumir en sí mismo,
como dice San Pablo, todas las escrituras, todo el universo. De allí que Jesús
que en cierto momento nació de la Virgen en Belén de la estirpe de David y es
un hebreo hijo de Abraham según la carne y según el espíritu, el único, el
escogido, el esperado de la humanidad, aquel por el cual todas las personas
serán salvadas, estaba al inicio de la creación y estará al final de ésta,
porque todo el universo, también la estrella más lejana, todas las criaturas
que conocemos y que no conocemos, todas las fuerzas maravillosas contenidas en
el cosmos, deben ser reasumidas, encarnadas, recapituladas en el Verbo. Y
nosotros estamos aquí hoy en el camino de la actualización de este plan divino
que se debe concluir, S. Pablo nos lo dice, con la "coeli novi et terra nova",
en la que se realizará el único ser amado del Padre: el cuerpo místico de
Cristo. Cristo en su Cuerpo místico, con su cuerpo místico. Jesús al comienzo:
Alfa; Jesús al final: Omega.
Es necesario que todos los hombres reflexionemos, entendamos este plan de
salvación. Llamémoslo plan de salvación, porque estamos obsesionados todavía
demasiado por el pensamiento de la condenación eterna, del pecado y de la
rebelión. En necesario sin embargo comprender, como repetía el Primer Maestro
del amor infinito de Dios, que es el único que obra, la única fuerza cósmica
que puede concluir perfectísimamente este plan de Dios. Jesús al inicio, Jesús
al final. Y nosotros en Jesús somos hombres perfectos, perfeccionados por él,
en él, y la Iglesia ha sido llamada para realizar esto y nosotros estamos
aquí, en la Iglesia para dar este mensaje. No estamos aquí para decirle a las
personas: "No cometan pecados". Es lógico, quien vive en Cristo no puede
cometer pecados, no debe pensar en el pecado. Están aquí para vivir de Dios,
en Dios, con Dios, para trasformarse en Dios y vivir la vida eterna en Dios.
No en un Dios abstracto, sino en un Dios concreto, hecho hombre; en nuestro
Señor Jesús del cual nosotros comemos la carne todos los días, nos nutrimos.
La Eucaristía con la Biblia es nuestro alimento. Es necesaria la Palabra que
habla al intelecto y es necesaria la carne que alimente el espíritu, para que
el Espíritu de Dios, que es Amor se concretice en nosotros, entre todos, se
difunda y permanezca en todo y en todos. Tanto el Verbo como su Espíritu ha
atraído todo hacia sí mismo, después de haber sido alzado sobre la cruz. Como
el grano muere, para después germinar para una vida nueva; para recoger y
vivificar todo el universo unificándolo en sí mismo. El será todo en todos
para ofrecer todo y todos al Padre.
Esta es la idea base del mensaje que nosotros debemos llevar a todas las
naciones hasta los extremos confines de la tierra, pero también y
fundamentalmente a aquellos que están cerca de nosotros.
El pensamiento de que los hombres se están desorientando, lo ha torturado
durante aquella noche entre los dos siglos. Era un muchacho de sólo 16 años.
Lo que lo torturaba era el amor de Dios. Era el Espíritu Santo que actuaba en
él, no para atormentarlo, sino para generar algo nuevo, que es precisamente lo
que he intentado expresar. Y nosotros estamos aquí delante de los restos
mortales del Primer Maestro. Debemos tomar conciencia de nuestra vocación
nueva, potente, fundamental y vital. Se habla de la espiritualidad paulina.
Pero la espiritualidad paulina, según su pensamiento, no es más que la genuina
espiritualidad católica completa.
Jesús para todo el hombre y todo el hombre para Jesús. Algunos entre nosotros
logrará un día expresar estas cosas de manera magistral, y haremos también
nosotros nuestra suma, que será una suma más grande de cierta manera de
aquella de Santo Tomás porque será más comprensible y responderá mejor al
mensaje que Jesús nos ha dejado.
El Concilio Vaticano II ha consagrado una serie de pensamientos que dominaban
la personalidad del Primer Maestro; pensamientos que muchas veces se
manifestaban externamente como actos de aparente indisciplina, de
insuficiencia con relación a ciertas situaciones. No escondía este sufrimiento
ni la fe. El Concilio Vaticano II ha confirmado estos pensamientos.
Era justo. Fíjense bien en su intuición; era el teólogo que nos veía
claramente. ¿Debe ver claro? Veía claro según la luz del Verbo, porque él es
un místico que vivió en la intimidad con el Verbo de Dios. Su oración no era
solamente un decir algunas cosas con la palabra; era su mente que se fijaba en
el Verbo de Dios. Es un místico nuestro Primer Maestro. Un místico moderno sin
manifestaciones particulares, como en un tiempo se pretendía de los místicos,
pero es un grandísimo místico, como ha sido un gran místico San Pablo.
Concluyo. Ningún fundador que yo sepa, - por muchos años tuve clases de
Historia de la Iglesia y algunas cosas la debo sin embargo saber -, logró en
su vida tener tantos hijos en vida y trabajando en todas partes del mundo;
ninguno logró ver la propia idea confirmada no por un Papa o por otro, o de
muchos Papas, sino por un Concilio ecuménico. Cuando el Concilio trató el tema
de los medios de comunicación social como instrumentos de apostolado, consagra
la idea que aquel muchacho de 16 años tenía de vaga manera todavía, pero
precisa y bien delineada. Que yo sepa son pocos los fundadores que, cerca de
la muerte hayan tenido presente al Papa, no solamente como superior, sino como
amigo del corazón.
Me dijeron que el Papa estuvo aquí para saludar al Primer Maestro antes que
partiese. Como si le hubiese dicho: "Vete en paz, dentro de poco iré también
yo". He aquí dos amigos que se saludan. Me parece algo así como el beso que
según la tradición, se dieron Pedro y Pablo antes de encaminarse hacia el
martirio. El Señor ha querido en cierto momento tomar este hombre que siempre
había estado escondido, bajo tierra, en las catacumbas de su vida mortal, para
llevarlo a hacer cosas grandes.
La conclusión es doble; una con relación a él y otra con relación a nosotros.
Primero: el Primer Maestro debería ser puesto, así pequeño como era, en el
coro de las grandes estatuas que se encuentran en S. Pedro: estatuas de
grandes hombres que construyeron la Iglesia. Segundo: hoy comienza nuestra
parte. En la fidelidad absoluta, en la fidelidad al Espíritu, - no en el
pegarse a las pequeñas cosas particulares, manifestaciones solamente humanas
-, en lo que constituye el gran filón que en él revela la presencia del Señor,
y el misterio de la cruz vivida hasta ser puesto allí extendido en la muerte.
"Cuando seré alzado sobre la tierra, entonces atraeré a todos hacia mí".
Miren, se hizo crucifijo, se crucificó. Le salió sobre el rostro un velo que
escondía casi todo. Cerrado en sí, él estaba con el Verbo y la Palabra no
puede estar encadenada. La Palabra se debe difundir sobre todo el mundo, sobre
todo el universo para que lo que Dios quiso desde el inicio sea realizado. Y
nosotros tenemos esta vocación. Recordémoslo bien no es una vocación, una de
tantas; es la gran, esencial, fundamental vocación de la Iglesia de Cristo, el
cuerpo místico de Cristo que debe crecer con todas sus energías y en todas las
dimensiones. Cristo debe crecer. El solo tiene derecho de ser, porque El solo
ha sido generado por el Padre y al Padre debe volver. Alabado sea Jesucristo.
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