Testimonios - P. Paolo Marcellino, ssp 
 

HOMILIA DEL P. PAOLO MARCELLINO
28 de Noviembre de 1971
Concelebración de la mañana (Cripta "Regina Apostolorum")

Queridos hermanos, queridas hermanas. El señor Teólogo ha muerto. El Primer Maestro ha muerto. Nos ha dejado y nos sentimos huérfanos. Pero él está feliz. Nosotros lloramos. Debemos, como dice la Escritura, reír y llorar al mismo tiempo. Reír con la Santa Madre Iglesia, gozosos porque finalmente nuestro padre Abraham, - él ha sido para nosotros el gran padre de la fe, de nuestra fe; es decir, de nuestra vocación, de nuestra función en la Iglesia y de nuestra posición en la eternidad en el seno de Dios, - un padre y patriarca que después de haber alcanzado los 87 años, casi 88, finalmente ha entrado en su reposo. Llorar porque hemos quedado solos.

El nos ha dicho muchas veces, de muchas maneras: "Miren yo les he mandado hacia adelante; ya caminan solos, pueden hacerlo".

El lo dijo a los primeros paulinos, lo dijo a los segundos, y lo dijo a los últimos. Lo dijo a los italianos, lo dijo a los hombres de ya 27-30 países en el mundo. "Ya pueden trabajar por ustedes mismos, hagánlo". El ha vuelto a su paz, en el seno de Dios.

Me dijeron que contara algo sobre el Primer Maestro. [...]  
   
Cuando en 1946 se celebró la Misa para colocar la primera piedra de esta Iglesia, vino el Card. Salotti. Quien lo conoció sabe qué significa el Card. Salotti: un gran orador, ídolo de la juventud católica de toda Italia. Un verdadero Maestro de la palabra. El era secretario de la Congregación para la Propagación de la fe. Era un gran amigo nuestro, especialmente del P. Giaccardo y del Primer Maestro. Entonces, cuando ponían la primera piedra, el celebrante con el pluvial encima, tuvo que esperar. Y en la espera el P. Giaccardo me toma por un brazo y me dice: "Ven hacia adelante". Y me presentó al Card. Salotti diciéndole: "Este es el de Tokio". "Ah, sí" respondió agregando algunas palabras convencionales de saludo. Pero después, vino el momento de hablar, - estábamos presente un gran número de clérigos, sacerdotes, discípulos, hermanas, el cardenal comenzó con su oratoria y después dijo: "Fíjense, ¿Ven a este pequeño padre? - el Primer Maestro revestido con el alba, con la cabeza inclinada de un lado, como hacía siempre - ¿Miren a este pequeño sacerdote? Es uno de los hombres más grande de nuestra historia. Es quizás el hombre más grande de estos días". Todos nos contagiamos de un profundo sentimiento de conmoción. "He aquí la gran fuerza de este hombre que no se ve, ésta es su potente fascinación - no dije el adjetivo "carismático" que entonces se usaba. - Es una fuerza cósmica que viene de lo alto, que viene de Dios, por lo cual toma el corazón de los hombres, de los jóvenes especialmente. Sí, de los jóvenes. Fíjense, proseguía, cuántas personas, cuántos jóvenes hay a su alrededor. Les ha conquistado para lanzarlos a las batallas por el reino de Dios, incluyendo contra el jefe del mundo. Y basta una palabra para ser tirado en el fuego. Es el Espíritu Santo que actúa en él. Este hombre no es más que el espíritu, porque carne casi no tiene". Y prosiguió por algún tiempo sobre este tema. Pienso que nuestro querido Primer Maestro, si lo queremos definir, es eso.

Hace muchos años encontré un pequeño libro en Vicenza que hablaba del grano. En éste se decía que en el museo de Vicenza hay una copa de plata que contiene granos  los cuales salieron de un solo grano. Había producido mucho, es decir, hizo muchas espigas y los granos que se pudían contar eran más de cinco mil. Jesús dijo: "Si el grano de trigo que cae en tierra no muere permanece solo; pero si muere produce muchos frutos". Produce muchos granos y genera muchos granos. Para mí este grano de trigo que está en el museo de Vicenza es el Primer Maestro, para usar una imagen evangélica. El ha estado siempre bajo tierra podemos decir. Se ha metido bajo tierra. Nunca ha querido, sino obligado, a entrar en la sociedad que lo rodea para hablar, para actuar, para discutir, para que comprendieran sus ideas, para convencer, etc., como hacen muchos, como hacen todos en este mundo. No, él se ha quedado encerrado, bajo tierra. El grano de trigo debe estar bajo tierra para poder morir y germinar.

Cuántas veces he visto cómo le costaba encontrar a tantas personas de la sociedad política y eclesiástica. Pero siempre le decía: "Se trata de una especie particular de humildad que es suya". El no sólo no amaba la exhibición, pero debe marchar, - marchar, ¿Cómo explicarlo? la palabra quizás no es exacta -, debe morir cada día, sacando fuerzas de su energía vital así como dijo el Card. Salotti es una energía que viene del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo directamente que obra, a través de este grano de trigo. De hecho, ahora nosotros somos unos cuantos miles. De aquel grano de trigo salió nuestra vocación. Todos ustedes han sido llamados, y lo podemos decir, para llevar en su seno y dar a luz como paulinos, como Hijas de San Pablo, como Pías Discípulas, como miembros de la Familia Paulina. Ha sido para nosotros más que un padre; ha sido la madre que nos ha llevado en su seno durante todo este tiempo y al final el Señor dijo: "Ahora basta". Pero debemos agregar: he aquí como continúa el misterio de la cruz. Los últimos años de su vida son parecidos a aquellos del papá de santa Teresita de Lisieux. No hubo nada que de alguna manera pusdiese ofuscar su lucidez y su conciencia. Poco a poco se sabía limitado en la posibilidad de expresarse y los últimos años transcurrieron en el sufrimiento. Ha sido para él, pienso, la pasión de Jesús en el huerto, las tres horas sobre la cruz del Señor. Pero el grano, cuando termina su vida como grano, inicia su vida en nosotros, en nuestras nueve familias paulinas.

Nosotros lo llamábamos el señor Teólogo, porque así lo llamaban en el seminario. Un día, en Alba, en la cripta, nos reunió y nos explicó algunas cosas. En cierto momento dijo: "Estén pendientes: de ahora en adelante nuestros sacerdotes los llamaremos maestros y a nuestros co-hermanos los llamaremos discípulos". Y continuó explicando un poco su pensamiento. Yo le respondí enseguida: "Pero entonces usted es nuestro Primer Maestro". Me miró y dijo: "Ya, es verdad, es natural" y lo aceptó. Desde entonces se convirtió en el Primer Maestro. De cierta manera se auto nombró. Así sucedió y estaba en la lógica de las cosas.

Ahora quisiera decir otra cosa. El Primer Maestro, por muchísimos años, estuvo diría obsesionado por un pensamiento grandiosísimo, que es el de la unificación y de la síntesis de todo el saber humano en un pensamiento único que renovase y superase la síntesis escolar de Santo Tomás de Aquino. Algunas de las personas que están aquí saben esto.

El no logró formular como quería estas cosas, porque el Primer Maestro no es un doctor de la Iglesia, no es un San Buenaventura, un Santo Tomás, no es un genio de esta categoría; es otra cosa. Buscaba sin embargo a algunos de entre nosotros para lograr un día explicar aquello que él habría querido exponer. Me lo pidió, pero le respondí: "No puedo; diríjase a otro, porque yo no estoy hecho para esas cosas". Sin embargo, poco a poco, este pensamiento lo he ido trabajando en mi cabeza. El Primer Maestro tuvo la misión de presentar la Palabra a la humanidad. ¿Qué es la Palabra? La Palabra no es una palabra-viento que pasa, como nuestra palabra. Es la palabra de Dios. Ahora bien, nosotros sabemos que el Padre ha expresado su Palabra a través de la generación del Verbo, en el interior de la Trinidad. El verbo es la Palabra, es la expresión de su mente. A través de este Verbo, en el Espíritu Santo, se ha expresado a sí mismo como imagen fuera de sí. Y este Verbo debía convertirse en carne. Y convirtiéndose en carne, debía reasumir en sí mismo, como dice San Pablo, todas las escrituras, todo el universo. De allí que Jesús que en cierto momento nació de la Virgen en Belén de la estirpe de David y es un hebreo hijo de Abraham según la carne y según el espíritu, el único, el escogido, el esperado de la humanidad, aquel por el cual todas las personas serán salvadas, estaba al inicio de la creación y estará al final de ésta, porque todo el universo, también la estrella más lejana, todas las criaturas que conocemos y que no conocemos, todas las fuerzas maravillosas contenidas en el cosmos, deben ser reasumidas, encarnadas, recapituladas en el Verbo. Y nosotros estamos aquí hoy en el camino de la actualización de este plan divino que se debe concluir, S. Pablo nos lo dice, con la "coeli novi et terra nova", en la que se realizará el único ser amado del Padre: el cuerpo místico de Cristo. Cristo en su Cuerpo místico, con su cuerpo místico. Jesús al comienzo: Alfa; Jesús al final: Omega.

Es necesario que todos los hombres reflexionemos, entendamos este plan de salvación. Llamémoslo plan de salvación, porque estamos obsesionados todavía demasiado por el pensamiento de la condenación eterna, del pecado y de la rebelión. En necesario sin embargo comprender, como repetía el Primer Maestro del amor infinito de Dios, que es el único que obra, la única fuerza cósmica que puede concluir perfectísimamente este plan de Dios. Jesús al inicio, Jesús al final. Y nosotros en Jesús somos hombres perfectos, perfeccionados por él, en él, y la Iglesia ha sido llamada para realizar esto y nosotros estamos aquí, en la Iglesia para dar este mensaje. No estamos aquí para decirle a las personas: "No cometan pecados". Es lógico, quien vive en Cristo no puede cometer pecados, no debe pensar en el pecado. Están aquí para vivir de Dios, en Dios, con Dios, para trasformarse en Dios y vivir la vida eterna en Dios. No en un Dios abstracto, sino en un Dios concreto, hecho hombre; en nuestro Señor Jesús del cual nosotros comemos la carne todos los días, nos nutrimos.

La Eucaristía con la Biblia es nuestro alimento. Es necesaria la Palabra que habla al intelecto y es necesaria la carne que alimente el espíritu, para que el Espíritu de Dios, que es Amor se concretice en nosotros, entre todos, se difunda y permanezca en todo y en todos. Tanto el Verbo como su Espíritu ha atraído todo hacia sí mismo, después de haber sido alzado sobre la cruz. Como el grano muere, para después germinar para una vida nueva; para recoger y vivificar todo el universo unificándolo en sí mismo. El será todo en todos para ofrecer todo y todos al Padre.

Esta es la idea base del mensaje que nosotros debemos llevar a todas las naciones hasta los extremos confines de la tierra, pero también y fundamentalmente a aquellos que están cerca de nosotros.

El pensamiento de que los hombres se están desorientando, lo ha torturado durante aquella noche entre los dos siglos. Era un muchacho de sólo 16 años. Lo que lo torturaba era el amor de Dios. Era el Espíritu Santo que actuaba en él, no para atormentarlo, sino para generar algo nuevo, que es precisamente lo que he intentado expresar. Y nosotros estamos aquí delante de los restos mortales del Primer Maestro. Debemos tomar conciencia de nuestra vocación nueva, potente, fundamental y vital. Se habla de la espiritualidad paulina. Pero la espiritualidad paulina, según su pensamiento, no es más que la genuina espiritualidad católica completa.

Jesús para todo el hombre y todo el hombre para Jesús. Algunos entre nosotros logrará un día expresar estas cosas de manera magistral, y haremos también nosotros nuestra suma, que será una suma más grande de cierta manera de aquella de Santo Tomás porque será más comprensible y responderá mejor al mensaje que Jesús nos ha dejado.

El Concilio Vaticano II ha consagrado una serie de pensamientos que dominaban la personalidad del Primer Maestro; pensamientos que muchas veces se manifestaban externamente como actos de aparente indisciplina, de insuficiencia con relación a ciertas situaciones. No escondía este sufrimiento ni la fe. El Concilio Vaticano II ha confirmado estos pensamientos.

Era justo. Fíjense bien en su intuición; era el teólogo que nos veía claramente. ¿Debe ver claro? Veía claro según la luz del Verbo, porque  él es un místico que vivió en la intimidad con el Verbo de Dios. Su oración no era solamente un decir algunas cosas con la palabra; era su mente que se fijaba en el Verbo de Dios. Es un místico nuestro Primer Maestro. Un místico moderno sin manifestaciones particulares, como en un tiempo se pretendía de los místicos, pero es un grandísimo místico, como ha sido un gran místico San Pablo.

Concluyo. Ningún fundador que yo sepa, - por muchos años tuve clases de Historia de la Iglesia y algunas cosas la debo sin embargo saber -, logró en su vida tener tantos hijos en vida y trabajando en todas partes del mundo; ninguno logró ver la propia idea confirmada no por un Papa o por otro, o de muchos Papas, sino por un Concilio ecuménico. Cuando el Concilio trató el tema de los medios de comunicación social como instrumentos de apostolado, consagra la idea que aquel muchacho de 16 años tenía de vaga manera todavía, pero precisa y bien delineada. Que yo sepa son pocos los fundadores que, cerca de la muerte hayan tenido presente al Papa, no solamente como superior, sino como amigo del corazón.

Me dijeron que el Papa estuvo aquí para saludar al Primer Maestro antes que partiese. Como si le hubiese dicho: "Vete en paz, dentro de poco iré también yo". He aquí dos amigos que se saludan. Me parece algo así como el beso que según la tradición, se dieron Pedro y Pablo antes de encaminarse hacia el martirio. El Señor ha querido en cierto momento tomar este hombre que siempre había estado escondido, bajo tierra, en las catacumbas de su vida mortal, para llevarlo a hacer cosas grandes.

La conclusión es doble; una con relación a él y otra con relación a nosotros. Primero: el Primer Maestro debería ser puesto, así pequeño como era, en el coro de las grandes estatuas que se encuentran en S. Pedro: estatuas de grandes hombres que construyeron la Iglesia. Segundo: hoy comienza nuestra parte. En la fidelidad absoluta, en la fidelidad al Espíritu, - no en el pegarse a las pequeñas cosas particulares, manifestaciones solamente humanas -, en lo que constituye el gran filón que en él revela la presencia del Señor, y el misterio de la cruz vivida hasta ser puesto allí extendido en la muerte. "Cuando seré alzado sobre la tierra, entonces atraeré a todos hacia mí". Miren, se hizo crucifijo, se crucificó. Le salió sobre el rostro un velo que escondía casi todo. Cerrado en sí, él estaba con el Verbo y la Palabra no puede estar encadenada. La Palabra se debe difundir sobre todo el mundo, sobre todo el universo para que lo que Dios quiso desde el inicio sea realizado. Y nosotros tenemos esta vocación. Recordémoslo bien no es una vocación, una de tantas; es la gran, esencial, fundamental vocación de la Iglesia de Cristo, el cuerpo místico de Cristo que debe crecer con todas sus energías y en todas las dimensiones. Cristo debe crecer. El solo tiene derecho de ser, porque El solo ha sido generado por el Padre y al Padre debe volver. Alabado sea Jesucristo.

   

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