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Queridas hermanas, Hijas de San Pablo y Apostolinas.
Es profundamente significativa la conciencia de la Liturgia del primer domingo
de Adviento con la presencia de los restos mortales del Fundador, con la
presencia sobre todo de su espíritu inmortal que esperamos esté ya sumergido
en la luz de Dios después de tantas obras, luchas y sufrimientos para hacer
realidad la venida del Reino.
Esta coincidencia es significativa porque una constate que domina la vida
interior, el pensamiento y la obra del Primer Maestro es ciertamente el
paulino "lanzándose hacia adelante", siempre hacia nuevas metas, hacia la meta
extrema.
Sus últimas palabras, cuando ya se debatía en la crisis mortal, fueron estas:
"Muero...Paraíso". Ellas resumen, en su condición dramática, todo el misterio
de la esperanza cristiana, es decir, la vida que triunfa sobre la muerte, de
la eternidad sobre el tiempo, de la alegría sobre el dolor, de la paz sobre la
lucha.
Con esta intensidad nosotros podemos escuchar su voz, en este momento, la
invitación de Isaías: "Venga, caminemos en la luz del Señor", o la afirmación
gozosa del Salmo: "Que alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor".
Infinitas veces lo hemos oído hablar sobre la vida eterna, del Paraíso. "Paraíso".
Era su palabra después de las conversaciones sobre temas dolorosos o difíciles.
Pero esta espera de la vida del Señor, que invadió toda su experiencia
cristiana, era también y sobre todo un lanzarse, una tensión dinámica y
operosa. El, lo hemos escuchado esta mañana en el testimonio de uno de
nuestros hermanos de la primera hora, ha siempre vivido en las grandes
perspectivas de la historia, pero se ha sobretodo propuesto en el fondo y ha
trabajado profundamente sobre cada uno de nosotros no obstante la humildad
demostrada en la historia de la salvación.
Una tarea difícil es la que nos ha confiado, Hijas de San Pablo, sacadas de
los roles tradicionales de las Hermanas dedicadas a la enseñanza, o las obras
de caridad, a la evangelización moderna con toda la audacia y los riesgos que
ella comporta.
Una tarea difícil y también nueva y arriesgada que les ha confiado, Hermanas
Apostolinas, la de la pastoral vocacional orientada hacia "todas las
vocaciones" - son palabras suyas - con la exigencia de "conocer a la juventud
profundamente...trabajando con fortaleza, prudencia y dulzura".
A la tarea del Adviento del Reino, para la salvación de los hombres nuestros
hermanos, El ha querido que nos dedicásemos con ardiente conciencia misionera;
nos ha puesto por ello sobre las huellas de Pablo, haciéndonos partícipes de
su urgencia infatigable, ardiente, en grandes espacios del mundo y de las
personas.
"¿Hacia dónde camina, cómo camina esta humanidad que se renueva siempre sobre
la faz de la tierra? La humanidad es como un río que desemboca en la eternidad:
¿será salvada? Qué gran responsabilidad si no hemos usado estos instrumentos
que tenemos en nuestras manos para convertirnos en hijos de Dios". (S.
Alberione, Explicación de las Constituciones HSP, p. 232 ). De esta
manera se expresaba a las Hijas de San Pablo hace algunos años.
* * *
El tema dominante del
encuentro de cada uno de nosotros, de cada una de las Congregaciones e
Institutos que constituyen la Familia Paulina, con el espíritu de su Padre, de
su Maestro, de su Fundador, en estos días de dolor y de reflexiones, es el
tema de la fidelidad.
Pero no iremos muy lejos y nos perderemos y atentaremos contra nuestra
unidad, si nos limitásemos a teorizar sobre el sentido de esta fidelidad.
Lo sabemos, ésta ha de ser dinámica, en cuanto a que debe ser el
impulso irresistible del Espíritu del Amor y de la vida.
"Los que viven como hijos de Dios y de la Iglesia deben siempre renovarse",
deben alejarse de la tentación de "ser viejos antes de tiempo", deben evitar
la comodidad de "hacer como siempre se hizo para no preocuparse por buscar
cosas mejores". Así decía en el "San Pablo" de noviembre de 1950.
1. Fidelidad al Evangelio, a la Palabra de Dios.
Quizás algunas de ustedes se recuerda aún de una predicación del Primer
Maestro, realizada desde este púlpito durante los días - si mal no recuerdo -
en que se inauguraba esta cripta. Nos hablaba del Evangelio y en cierto
momento, por primera vez al menos que yo sepa, su voz se perdió en el llanto
cuando, hizo referencia al Evangelio que estrechó contra sí mismo, que
estrecha en este momento sobre sí mismo, en la hora de la muerte.
Su vida estuvo consagrada al Evangelio. Una vida que debe ser consagrada al
Evangelio también debe ser la nuestra, para poder así ser "Evangelios vivos",
- son sus palabras - para contribuir a la salvación de los hermanos dándoles
el Evangelio escrito, hablado, en forma de imagen, de sonidos. A todos, en
todas partes, ha predicado desde los techos. Es nuestra esencia de personas
consagradas a la Palabra, al servicio de la Palabra.
2. Fidelidad a la Iglesia.
El Instituto debe dar a Cristo al mundo con la Iglesia, en la Iglesia,
para la Iglesia" escribía a las Hijas de San Pablo en su último saludo oficial
"a los hermanos y a todas las hermanas" en el "San Pablo" de noviembre de
1958. Lo mismo nos dijo el Primer Maestro a los Paulinos, y ustedes
Apostolinas, infinitas veces.
Esta fidelidad a la Iglesia se polarizaba, en su pensamiento, sobre el
magisterio de la Iglesia y particularmente sobre el magisterio del Papa. Era
la exigencia de seguridad doctrinal en esta nuestra dura época de
investigación que lo movía y que nos debe mover hacia esta fidelidad. El nos
lo decía muchas veces: Esta fidelidad constituye una limitación, pero es toda
nuestra fuerza. La visita del Papa, de manera improvisada e inesperada, es el
testimonio espléndido y el premio de la eclesialidad de nuestro Fundador; es
una llamada cálida a nuestra eclesialidad.
3. Fidelidad a la interioridad, a la oración.
Ayer por la tarde hemos meditado juntos sobre esta fidelidad. Y me pareció
estupendo en este punto el testimonio del P. Zanoni y del P. Marcellino.
Quisiera subrayar un aspecto.
Se dice y se insiste que el Primer Maestro ha sido esencialmente un hombre de
acción. Si bien entendida, esta acepción es exacta. Pero, no debemos nunca
olvidar el peso determinante de la contemplación en su vida. Un peso enorme,
si pensamos solamente en el espacio cuantitativo que tuvo la oración vocal,
pero sobre todo aquella mental y contemplativa, de una profundidad atenta,
prolongada en Dios y en las cosas de Dios. Más que un hombre de acción ha sido
un poderoso generador de acción.
Testimonio de su inmensa obra son los escritos ocasionales o reflejos.
Ellos nacían y se nutrían de contemplación.
Su misma fascinación estaba determinada por la interioridad. Nacían de ella
las intuiciones precedentes. Brotaba de su profundidad en la oración su fuerza
que no se derrumba.
"Oro por todos”. Son sus últimas palabras. Ellas son también una invitación
urgente, que dirige a sus hijos e hijas, para que la acción de ellos
-justamente porque ardiente, fatigosa, difícil, arriesgada - tenga el
contrapeso abundantísimo de la oración.
El Papa, lo saben, decidió en el último momento, visitar este Santuario. Con
el ascensor llegamos a la cripta, donde dos Discípulos estaban como siempre en
adoración delante de la Custodia. Mientras subíamos con el ascensor al
Santuario.
Mons. Martín, Prefecto de la Casa Pontificia, nos preguntaba: "¿Pero hacen la
adoración día y noche?". "Sí", le respondimos. - "Ahora entiendo, ahora
entiendo todo" concluyó.
En el centro de nuestra vida, como centro de estabilidad y como fuerza de
irradiación apostólica, o está Dios, o no seremos nada, o no haremos nunca
nada útil.
Pienso que esta fidelidad es lo más precioso que tenemos, siendo determinante,
siendo la sustancia íntima de nuestro Fundador.
En esta fidelidad, de hecho, que es la fidelidad a Cristo Maestro y Señor,
está encerrada también la fidelidad a la cruz, al duro sacrificio de la
renuncia; la fidelidad a este estilo de vida simple y esbelto que el Primer
Maestro quiso para nosotros, la fidelidad como disponibilidad y como ilimitada
auto donación, como Amor que se gasta y se sobre gasta.
Y es en lo profundo de la interioridad, de la oración y de la contemplación
que encontramos la serenidad y la fuerza para recorrer los caminos de la
concordia, de la unidad; en el seno de cada una de nuestras instituciones que
funden en la Familia Paulina.
Ahora colocamos sobre el Altar los votos, las esperanzas, los propósitos de
las Hijas de San Pablo, la primera Congregación femenina en orden de
fundaciones, la cual gran hora capitular de la renovación de los cuadros
directivos generales el Señor quiere significativamente dar a conocer con el
paso de su Padre a la vida nueva.
Y colocamos sobre el Altar los votos, las esperanzas y los propósitos de la
última Congregación paulina femenina: la de las Apostolinas. Hasta el final el
Padre pensó en ellas, oró por ellas, sufrió por ellas, para que crecieran y se
multiplicasen.
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