 |
 |
 |
 |
Delante del tabernáculo tuvo la intuición que abría condicionado su vida y la de
muchos hombres y mujeres: la Palabra de Dios debe llegar a todos a través de los
medios más modernos, rápidos y eficaces. Su carisma es asumido por el Concilio
Vaticano II, al cual participó como oyente.
«Seré sacerdote».
Esta frase Santiago Alberione la dijo cuando tenía apenas siete años a su
maestra Rosa Cardona, en la escuela primaria de Cherasco (Cúneo). Dicha,
confirmada y mantenida: ésta fue una vocación límpida desde el principio. Fue
fuerte, tanto, que le hizo vencer una gran batalla a los dieciséis años, cuando
parecía que había fracasado y sin embargo era apenas el comienzo.
Sus padres,
Miguel Alberione y Teresa Rosa Allocco, eran originarios de Bra y trabajaban
como campesinos alquilados en una hacienda. Pasando de una casucha a otra: de la
región de Bra a Fossano y después a Cherasco, siempre en la provincia de Cúneo.
Santiago, nació el 4 de abril de 1884 en San Lorenzo de Fossano, es el cuarto
hijo (sin contar el primero, que murió después del bautismo) después de Juvenal
(1876), Juan Ludovico (1878) y Francisco (1881). Después de él, siguieron otros
hermanos: en 1887 Margarita, que vivió sólo pocos meses, y en 1889 Tomás, el
último. En Cherasco, Santiago frecuentaba la escuela primaria: primer grado y la
escuela superior, segundo grado. Casi todos los niños del campo no terminaban
los estudios porque debían ayudar en la casa y en el duro trabajo del campo; él
sin embargo prosigue hasta concluir y luego pasa al gimnasio (bachillerato), y
para realizarlo va al seminario de Bra, durante tres años. En los estudios su
rendimiento era constante, las experiencias buenas.
Inquietudes juveniles
Pero en la primavera de 1900, he aquí que vuelve de repente a
casa, “licenciado” de los estudios. Un momento durísimo para este adolescente de
dieciséis años, a pesar de que la salida del seminario no tenia motivaciones
graves. Enseguida se aclara: es un momento de tensión provisional y no raro para
su edad, sobre todo como consecuencia de lecturas desordenadas, de cierto estilo
que atraia también en los seminarios; el examen de su caso estaba en el
arzobispado de Turín (del cual depende el seminario de Bra) y èste tiene una
clara respuesta: nada impide a Santiago Alberione ser recibido de nuevo en el
seminario.
Y él vuelve, pero en esta oportunidad vuelve al seminario de
Alba, la diócesis a la cual pertenece Cherasco. Y desde este seminario Alberione
sale sacerdote el 29 de junio de 1907. En abril de 1908 se gradúa en Teología en
Génova y desde ese momento será para todos el “Señor Teólogo”. Después es
vicepárroco por pocos meses en Narzole (Cúneo) y en octubre de 1908 vuelve al
seminario con el rol de director espiritual. Pero antes, había sucedido otra
cosa.
La noche determinante
La noche del 1° de enero de 1901, para concluir el Año Santo de
1900, en Alba como en todo el mundo católico se hacía una vigilia de oración en
la catedral, y el adolescente de 16 años Santiago Alberione estaba allí con los
demás seminaristas, orando por el nuevo siglo, cuando sintió dentro de sí algo
absolutamente inesperado. Era una invitación a prepararse: ¿Pero para qué? Lo
explicará él mismo muchos años después. hablando de si mismo en tercera persona:
“Se sintió obligado de servir a la Iglesia, a los hombres de su siglo y trabajar
con los demás”. Se dedica a los estudios en el seminario, a la predicación, a
todas las actividades que su obispo, monseñor Re, le confiaba. Al mismo tiempo
se lanza a los estudios por su cuenta, particularmente a la oración, se examina
a sí mismo, hacer todas las cosas y hacer más, con el objetivo de
entender qué era lo que el Señor quería de él, cuàl es su tarea en la Iglesia y
para los hombres del siglo XX.
Esta tarea la descubre. Pero no a través de un rayo que todo lo
ilumina de repente. Sino que es una maduración laboriosa y lenta, como la de la
uva, que necesita tiempo, inteligencia y fatiga. Identifica el problema: que los
católicos han dejado culpablemente sin resolver, o incompleto e objetivo de:
llevar la palabra de Dios a todos y a cada uno, dar a los creyentes este
patrimonio; y ayudarles de esta forma a ver cristianamente cada momento y gesto
de la existencia. Pero: ¿Con cuáles instrumentos? Ya hay personas beneméritas
que difunden la palabra de Dios, hay periódicos católicos en abundancia. Y
dignas personas que se preocupan por estas iniciativas…
Con los medios más rápidos
Piensa primero en reunir y estimular personas dignas pero con un
objetivo meritorio. Pero luego reflexiona, lo estudia e infinitas horas de
oración le aclaran todo: Es necesario personas listas no a dedicarse, sino a
lanzarse. Son necesarios religiosos que hagan de este apostolado, de la
imprenta, su propia vida: como escritores, periodistas, técnicos de la
comunicación, con los instrumentos que existen y con los que existirán. Lo dice
enseguida, él mismo: la palabra de Dios debe llegar con los medios más
rápidos y eficaces. “Para mí vivir es Cristo, dice el apóstol Pablo: y a él
justamente se referirán siempre aquellos que serán llamados a esta obra. Serán
los Paulinos. Los hombres y las mujeres. Enseguida también las mujeres, no como
auxiliares o colaboradoras, sino como protagonistas. Y se publican libros,
vendrán después los periódicos, diversos, de muy buenas impresas católicas, las
cuales “cerradas y a la defensiva” y siempre pendiente para explicar, desmentir,
reafirmar, etc., dirigiéndose a los “enemigos de la fe”. Alberione pide otra
cosa: pide dirigirse a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo hablando de
todo: así como Pablo apóstol se le ocurría también de deporte andando en medio
de las personas, dirigiéndose a letrados y a los menos letrados.
La gran intuición, madurada en los largos momentos de oración,
comienza a poner las primeras raíces en el tiempo menos oportunos. El P.
Alberione funda la Sociedad de San Pablo mientras está por comenzar la primera
guerra mundial. Y después da vida a aquellas que serán las Hijas de San Pablo
cuando en el conflicto se precipita también Italia. Tiempos equivocadísimos,
para las prudencias laicales y eclesiásticas de su época. Pero Alberione va más
allá de estas prudencias. En el estudio, en la meditación, en las horas en las
que todos los días dedica a la oración, él vive ya el después. De esta manera,
hasta el primer conflicto mundial, él hace que de alguna manera los primeros
Paulinos partan hacia Roma, y no importa si es en las afueras, no importa si de
manera un tanto clandestina. Lo que importa son estas personas que ninguno les
ayuda a creer mejor.
En la capital
Y Roma recibirá enseguida, con los brazos abiertos, a estos
Paulinos. En Roma el P. Alberione encontrará un papa, Pío XI, que no se limitará
a “permitir” el nacimiento de una congregación lanzada en la Palabra de Dios:
“Nosotros la queremos”, dirá. Además del nulla osta y de los timbres de
las Congregaciones romanas: se escucha la voz de Pedro que dice “quiero”. Un
momento grande para el pequeño sacerdote que en Alba soñaba todas estas cosas y
osaba hablar solamente a una persona, al canónico Francisco Chiesa, amigo,
consejero, defensor, y que a sus Paulinos ha pedido, además de los votos de los
religiosos, también un cuarto voto de total obediencia al Papa.
Después se le ve partir, los Paulinos y las Hijas de San Pablo,
por todos los continentes, con un empujón que sólo la segunda guerra mundial
interrumpirá. Pero que después retomará con mayor fuerza: y se verá también él
atravesando los mares y los cielos del mundo, para acompañar el camino de los
que se han lanzado a la propagación de la palabra de Dios. Funda periódicos
paulinos en todas los idiomas; aquellos periódicos que él quiere a la vanguardia
de la modernidad por lo completo y rapidez de información que poseen, igualmente
se comienzan las editoriales, las cuales deben ser dignas del mensaje que se da
y de quien lo recibe. Y se va de la sala de filmación, teatros, a las salas
cinematográficas, modernas tipografías, estaciones de radio y televisión… He
aquí los “medios más rápidos y eficaces” que él ha prescrito siempre,
insustituibles al servicio de la Palabra.
“Yo seré sacerdote”: quizás si el P. Alberione se acordó de estas
palabras en octubre de 1962, cuando tomò posesión dentro del aula del concilio
ecuménico Vaticano II en su calidad de fundador y superior general de una
comunidad que estaba expandida en todo el mundo. Ha sido llamado con los otros
Padres para diseñar la Iglesia de un nuevo milenio. El sin embargo no toma la
palabra en las asambleas generales, sigue con muchísima atención todas las
intervenciones. Luego, en las pausas de reposo de las largas asambleas, mientras
cardenales y obispos hacen un poco de reposo, Santiago Alberione saca de su
bolsillo el rosario y se reposa así: orando por todos estos Padres conciliares,
y también por todos los Paulinos, hombres y mujeres, que a cada hora siguen su
palabra como Timoteo seguía las de Pablo; anunciando el mensaje a tiempo y a
destiempos, “con toda generosidad y doctrina”. Estos son los grandes momentos en
la vida del P. Alberione: estos, con el rosario en la mano; las infinitas horas
de oración para animar a los suyos, para mostrar a todos las bienaventuranzas, a
tiempo y a destiempos.
tempo.
Domenico Agasso
"VITA PASTORALE"
(Italia)
febbraio 2003
|